Reparar o cambiar

Estas últimas semanas he vivido cuatro pequeñas incidencias, en casa y al despacho, debido a averías en aparatos de un uso continuo (una estufa, una impresora, una lavadora de platos, y una caldera de calefacción). En todos los casos, el diagnóstico, razonado y razonable, del técnico que lo ha examinado ha sido el mismo: “la pieza averiada se puede cambiar, pero es cara y además el aparato tiene otras piezas bastante envejecidas que harán que seguramente no tardará demasiado en tener que volver a repararlo; le saldrá más económico tirar el aparato y comprar uno de nuevo”. Puede haber habido un cierto deseo de vender, pero comparando el coste de las reparaciones y el precio de los productos nuevos, no se puede decir que haya sido un razonamiento erróneo. Pero es un hecho que me preocupa porque nos trae a una situación futura muy peligrosa… Lo explico de forma muy simplificada.

La sociedad industrial ha permitido mejorar mucho, durante dos siglos, el bienestar de muchos millones de personas, a base de fabricar productos materiales transformando recursos naturales añadiendo energía y trabajo. La utilización personal o privada de estos productos ha sido un componente clave de nuestro bienestar. La globalización, que ha sacado de la pobreza más de mil millones de personas, ha aumentado extraordinariamente la capacidad global de consumo. Esto nos está acercando a los límites de las reservas de recursos, y también a los de la capacidad del planeta de absorber la contaminación y las emisiones que se producen. Por otro lado, el progreso tecnológico hace que sea posible disminuir mucho la cantidad de trabajo humano necesario para producir todo el que necesitamos. Parece que se acaban los recursos, y nos sobra trabajo… 

Esto nos trae ante una paradoja inquietante: Tenemos que reducir el consumo de minerales y de fósiles; y tenemos que reaccionar ante la posibilidad que no haya trabajo para todo el mundo. Querríamos menos consumo material y más trabajo. Parece que sería mucho más sensato reparar que no sustituir. Pero los cálculos que hacemos desde un punto de vista económico nos dicen el contrario. En una economía de mercado, que tenemos que preservar, las señales que dan los precios son los que orientan las decisiones de los consumidores; y en este caso van en la dirección contraria a la que haría falta.

Sin perder la libertad, el mercado puede estar regulado. El Estado tiene que utilizar esta regulación, y los incentivos fiscales derivados de algunos tipos de impuestos, para que los costes y los precios finales de reparar o de comprar, vayan en la dirección correcta de acuerdo con el interés general. 

El problema es mucho más de fondo, pero este es uno de sus aspectos que se pueden abordar inmediatamente.

Joan Majó, ingeniero y ex ministro