Estamos en un diluvio de declaraciones, opiniones y debates sobre las crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo; diluvio comprensible ya que la preocupación es, y es bueno que sea así, muy grande. En él hay dos conceptos constantemente presentes: «salida de la crisis» y «normalidad post-crisis». Creo que esto tiene un aspecto muy positivo, ya que significa que además del debate sobre las actuaciones urgentes a corto plazo, estamos pensando seriamente en el futuro. Pero también pienso que pueden suponer un peligro de confusión ya que ambos conceptos se pueden interpretar en un sentido equivocado. Dejadme hacer tres aportaciones al respecto.

    1. Salida. La salida de una situación de crisis puede ser transitoria o definitiva; es decir, puede tener un carácter coyuntural o permanente. En el caso sanitario es más fácil de entender: se puede curar la enfermedad, combaten los síntomas, descubriendo y eliminando la causa (diagnóstico y tratamiento), pero sin tomar medidas para evitar una repetición; o se puede dejar el enfermo inmunizado para un período largo (prevención y vacuna). Tengo la impresión de que, en relación a la crisis socio-económica, se están confundiendo los términos y se habla de «salida» como si fuera definitiva cuando, seguramente, puede ser sólo transitoria. La razón es muy simple: las crisis que hemos vivido las últimas tres décadas, pero sobre todo la más grave y reciente del año 2008, han sido tratadas como una enfermedad sin querer entender que no eran más que síntomas de algo más profundo. En algunos casos por desconocimiento, y en otros por intereses ocultados, no se ha querido hacer un diagnóstico bastante profundo. Hemos atacado estos síntomas y en muchos casos hemos conseguido eliminarlos pero no nos hemos planteado combatir a fondo la enfermedad, es decir haciendo todos los cambios económicos, sociales y políticos necesarios que se necesitan para evitar la repetición. Sin plantear y emprender estos cambios, es peligroso y engañoso hablar de salida ya que la situación resultante aunque pueda significar la tranquilidad a corto, lo que puede significar es la continuidad de la vulnerabilidad. Hay más prudencia al hablar de salida.

Las crisis que hemos vivido las últimas tres décadas, pero sobre todo la más grave y reciente del año 2008, han sido tratadas como una enfermedad sin querer entender que no eran más que síntomas de algo más profundo.

  1. Normalidad. Se menciona también a menudo la vuelta a la normalidad y, aunque a veces se califica de «nueva» esta normalidad, no se es suficientemente claro al mostrar la importancia de esta diferencia. Hay que ser conscientes, y ayudar a hacer conscientes a nuestros conciudadanos, que estamos en un proceso en el que las cosas no podrán volver a ser igual que antes. La razón es compleja pero muy fácil de sintetizar: se está haciendo evidente desde hace algunos años que nuestros modelos de consumo, económico, social, energético y también político, no son válidos en un escenario de 10 o 11 mil millones de personas habitando el planeta. Ni es posible mantener modelos económicos y de consumo extremadamente diferentes en un mundo globalizado y transparente, ni es sostenible la expansión partes de nuestro modelo. Por lo tanto, lo que hemos conocido como normalidad es precisamente el problema, o como yo he dicho, la enfermedad. Tenemos ahora la urgencia de repensar los modelos para evitar esta doble imposibilidad.
  1. ¡No nos puede volver a pasar! Necesitamos aprender la lección de lo que ocurrió hace diez años. La crisis Inmobiliaria, financiera y económica que comenzó en los EE.UU y se trasladó rápidamente a Europa, era un síntoma de una enfermedad más profunda. Como ya he dicho, no fue diagnosticada y nos limitó a algunos ajustes insuficientes que escondieron, pero no resolver, el problema. En algunos aspectos incluso el agravaron, debido a algunos tratamientos equivocados. Es cierto que la actual crisis sanitaria no está directamente ligada a la anterior, aunque algunas de sus consecuencias (debilitamiento de los sistemas sanitarios) la han hecho humanamente más dolorosa y por otro lado están obligando a decisiones civiles preventivas de confinamiento que agrandando mucho las dificultades económicas y provocarán más desigualdades sociales.

La necesidad de una transición de modelo es evidente, y esto conlleva a menos tres iniciativas: una revisión del modelo de consumo que tenga mucho más en cuenta la eficiencia en la utilización de los recursos naturales y la reducción radical de los residuos físicos y gaseosos; un nuevo pacto socio-económico que ponga fin al creciente aumento de las desigualdades económicas y de oportunidades y mejore la justicia social; y una reorganización de las instituciones políticas a nivel local y global que mantenga la capacidad de participación de los ciudadanos a través de mecanismos democráticos, y que se base en el convencimiento de que no hay soluciones particulares, ya que salimos todos juntos o no se saldrá nadie. Sé que todo esto ni es fácil ya que esta transición conllevará la aparición de muchos ganadores y algunos perdedores, y precisamente muchos de estos son los que tienen actualmente el poder de ponerla en marcha.

No repetimos el error del la década de los 30 (revolución y guerra), ni el de hace 10 años (negación de los problemas reales y aprovechamiento egoísta de los tratamientos).

Joan Majó, ingeniero y ex ministro.