En una mirada hacia el pasado, se puede afirmar que un siglo atrás se vivía peor. Ahora parece que todo el mundo come y tiene móvil. Pero siempre existe el peligro de caer en simplismos.

También podríamos decir que hay una gran parte de la población mundial que vive muy mal, y nosotros no formamos parte de este colectivo. Y nos podríamos alegrar.

Todo ello son siempre buenas excusas para dejar de ver la realidad como es. Y en nuestro mundo, en el que vivimos, no podemos mirar a otro lado cuando sabemos que hay muchos problemas, que lejos de no ser resueltos, cada vez se agravan más.

«El hecho de tener un trabajo no es ninguna garantía de subsistencia económica.»

Hoy que progresamos tanto en las nuevas tecnologías, nos sentimos impotentes de afrontar grandes retos: la emergencia del clima, las guerras en muchos lugares, la gran inmigración, los poderes económicos dominantes, la violencia de género, etc.

Y en este sentido, lo que podría ser más asequible y más fácil de afrontar, también se va alejando: la justicia social. Es decir, que nuestra familia humana más próxima pueda ser capaz de alcanzar un nivel de convivencia y de distribución equitativa de la riqueza que entre todos generamos.

¿Dónde detectamos pues la injusticia social?: básicamente en las consecuencias de muchas disfunciones, alrededor del mundo del trabajo. Y concretamente la gran injusticia es que cada vez más el hecho de tener un trabajo no es ninguna garantía de subsistencia económica. Y eso no pasaba en nuestra historia y sobre todo la de nuestros padres.

También es muy injusto que este fenómeno no esté sobre la mesa de los que gobiernan nuestra sociedad. Y que además el discurso público no parece muy preocupado -y menos ocupado- de esta situación.

Un análisis muy seria y rigurosa del problema es el Informe de Comisiones Obreras de Cataluña «Una aproximación a la pobreza en el trabajo» del 2018. Este estudio profundiza mucho en varios aspectos que muestran la gran complejidad y gravedad de lo ocurrido en estos últimos diez años, desde la llegada de la crisis.

Hay muchos elementos que se deben considerar para poder afirmar que en vez de mejorar hemos ido atrás. Sobre todo en el tema del paro que se nos presenta ahora como algo que se está reduciendo y por lo tanto estamos mejor: un gran engaño.

Por ejemplo, en Cataluña, de 2008 a 2018 ha habido una pérdida del 8,1% de ocupación que representa un 47,6% de incremento del paro. Y se considera que hay 400.000 obreros pobres.

También desde Cáritas se afirma que los contratos laborales de tiempo parcial, han evolucionado de 7 días el 18% en 2017, ha pasado en un año al 27%. Y globalmente los contratos de jornada parcial llegan a ser el 48% del total de contratos.

Y cuando se habla del paro, se debería tener en cuenta diversas situaciones asimilables: trabajo parcial involuntario (en Cataluña es un 49,1% de todos los contratos), las personas desanimadas de no encontrar trabajo y que tiran la toalla (29.000 personas), la gran cantidad de personas que padecen lo que se conoce como sobrecualificación, es decir que están preparados para trabajos muy superiores (unas 518.000 personas), los que están en situación de ERE, el paro de larga duración que quedan fuera del sistema, etc.

Y para reafirmar más la consideración de injusticia social deberíamos añadir los salarios tan bajos que no permiten pagar el alquiler de la vivienda, la discriminación de la mujer en salarios y en valoración funcional y el drama de muchos jóvenes que tras haber estudiado una carrera, no consiguen encontrar trabajo

 

Todo ello nos denuncia que ¼ parte de la población se encuentra en riesgo de pobreza o de exclusión social.

También podríamos hablar de que la reforma laboral aún vigente ha conseguido hacer precario aún más el mundo del trabajo. Y tal sube un poco la media de los salarios, pero esto es debido a la gran diferencia, cada vez más entre los sueldos de los directivos que crecen de forma exponencial y la escasez de los salarios de los trabajadores.

Y la gran crisis de la vivienda y el encarecimiento escandaloso de los alquileres que a pesar de tener un buen trabajo, hay que destinar un elevado porcentaje del sueldo para hacerles frente. Si es que tenemos vivienda y si tenemos salario.

Hay pues ser conscientes de que vivimos en una gran INJUSTICIA SOCIAL.

Miquel Verdaguer
Secretario de Acció Solidària Contra l’Atur