En estos recientes años se ha acelerado un creciente malestar en los ciudadanos europeos. El resultado del referéndum británico con el éxito del Brexit lo muestra claramente.

¿Qué está pasando? En buena parte el malestar es debido a las políticas neoliberales aplicadas por los dirigentes europeos, que han traído paro, precariedad, y pérdida de poder adquisitivo de las clases medias y populares, mientras la élite económica se enriquecía, la corrupción y los paraísos fiscales se consentían, y problemas como el de la inmigración se gestionan de forma torpe.
Para la UE el Brexit tiene que servir de revulsivo. En la desesperación del momento de la crisis económica del 2008, se prometieron grandes reformas para hacer una economía más social, pero nada significativo ha cambiado. Todo sigue igual como antes. Si ahora no se aprovecha esta oportunidad para hacer reformas radicales que impregnen de sensibilidad social al Proyecto Europeo, se irá avanzando hacia la desintegración.

La situación es muy seria. No es ningún juego. Y el giro de 180 grados que tiene que hacer la sociedad europea no es nada fácil. La cuestión no es como quedan las relaciones entre Gran Bretaña y la UE; se trata de evitar la desintegración de la UE y el desastre que supondría por los ciudadanos.

Se tienen que dar dos pasos fundamentales. El primero, que las élites económicas pongan freno a su afán de riqueza y de poder y acepten distribuir mejor la riqueza, el segundo es que los ciudadanos acepten la realidad: Europa ya no es el centro del mundo, y ha iniciado su declive; la globalización y las nuevas tecnologías son una realidad que lo transforman todo; y Europa, posiblemente, no podrá mantener su nivel de vida.

Aceptar la realidad es llevar, pero si no se acepta, el resultado es mucho peor. La UE no podrá progresar, mantener el estado de bienestar y recuperar la cohesión, si no se hace un titánico esfuerzo de reducir las desigualdades sociales y recuperar la ilusión por un proyecto común, el que exigirá, a todos, reformas y sacrificios. No hay otra salida. Ser nostálgico de los bellos tiempos sólo trae a la depresión.

La creación de la Unión Europea fue un clamor a favor del progreso, la democracia, la igualdad y la paz, desprendido de tantas guerras en su suelo. Hay que recuperar el espíritu y los valores fundacionales. Estos objetivos y valores se concretan, entre otros, al disponer de un mercado único y las llamadas “cuatro libertades”, la libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales.

Para conseguir el Europa social de progreso que queremos, tiene que ser la democracia la que gobierne a la economía y se tienen que abandonar las politiques neoliberales. Hay que recuperar la visión de un proyecto común, que es compatible con un proceso a dos o más velocidades. Un Proyecto en el que caben tan aquellos que quieren avanzar rápidamente en la unión económica, política, social y fiscal, como los que quieren ir a un ritmo más pausat. Pero no caben aquellos que sólo aspiran a disponer de un gran mercado o no están dispuestos a ceder soberanía. Cada país tiene que tomar su decisión.

Además de la crisis económica y moral que sufre la UE, no son pocos los retos que tiene que encarar. Recuperar el crecimiento económico, crear ocupación, impulsar la educación, la innovación y las nuevas tecnologías para ser competitivos, la inmigración, poner límites a un crecimiento desbordado de la deuda pública, colaborar más estrechamente con Rusia y los países del Mediterráneo, etc., además de los muchos temas globales, como por ejemplo, el calentamiento del planeta.

Ahora es hora de replantear el presente y el futuro de la UE que queremos. Hace falta una renovación a fondo. Una renovación de ideas, de politiques y de personas. Alguien cree, por ejemplo, ¿que el actual presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, gran impulsor de Luxemburgo como paraíso fiscal, puede liderar las nuevas políticas? Los tiempos corren muy acelerados. El Parlamento Europeo no puede esperar a las elecciones previstas para el año 2019 para rediseñar el futuro. Se tendrían que convocar nuevas elecciones en el plazo de un año.

Los partidos políticos también tienen que renovar programas e interlocutores. Tienen que hacer propuestas creíbles de cómo en un mundo global competitivo se puede crear riqueza, ocupación, garantizar el estado del bienestar, corregir las desigualdades sociales, y, al mismo tiempo, encarar la lucha contra la corrupción, el fraude y los paraísos fiscales, evitando la concentración de la riqueza en manso de unos pocos.

En este imprescindible debate, los ciudadanos y el mundo de la cultura, tienen que jugar un papel destacado para traer ideas y luz en un mundo en un proceso de cambio acelerado pleno de turbulencias. Nos hace falta una Europa fuerte, con capacidad de influir en las decisiones globales que están configurando un nuevo mundo que nosotros queremos sea socialmente más sensible a las necesidades de sus ciudadanos.

Francesc Raventós
Ex-decano del Colegio de Economistas de Cataluña

Publicado el 11/07/2016 en la Revista VALORS. Diari digital d’ètica i reflexió.