La representación en Barcelona de la Comisión Europea convoca encuentros de interesados ​​para recoger opiniones sobre la preparación de los presupuestos de la UE. Una buena iniciativa, ya que permite seguir mejor qué pasa en Bruselas, y aportar propuestas para ser canalizadas hacia las autoridades comunitarias. Hay que recordar que, a pesar de funcionar con presupuestos anuales, la UE elabora el llamado «Marco Financiero plurianual» (7 Años) que marca una perspectiva larga de la evolución de los presupuestos. Ahora se está elaborando el 2021-27 Recojo algunas de las reflexiones hechas en una reunión del mes pasado. Confirmo ideas que yo he defendido siempre y otros que escuché.

  1. Euroescepticismo. Repito una vez más que, ante la desafección hacia la actuación de la UE que constatamos en muchos ámbitos, la actitud de los que estamos convencidos de su necesidad y somos partidarios de su continuidad, debe ser la eurocriticismo: analizar las carencias y proponer reformas de mejora. Las actitudes de defensa acrítica, o de pleno rechazo (Brexit …) son equivocadas. Enumero nada reformas de carácter general que creo que hay que emprender.
  2. Los recursos. En los trabajos actuales se está hablando de una cifra entre 1,1 y 1,3 Billones de euros para el conjunto de los 7 próximos años. Quiere decir que seguimos atascados en un volumen de recursos que representa sólo un poco más del 1% del PIB de la UE. Es fácil ver que esto es totalmente insuficiente. El gasto público de la mayoría de los estados desarrollados representa entre un 35% y un 45% de su PIB, y en el caso de los estados federales, el gasto «federal» puede llegar al 20% del PIB de toda su federación. No es de extrañar que, en los años 60, cuando la UE era sólo la CEE, es decir poco más que un tratado comercial reforzado entre estados, se asignara a las administraciones de Bruselas una proporción muy pequeña del gasto, ya que la mayoría de las competencias seguían en los estados miembros. Pero es inexplicable que después del Acta Única, de Maastricht, de la ampliación a 28 miembros, del Euro, y de fuertes aumentos de las competencias, se pretenda seguir con este ridículo 1% de lo que, encima, más del 90% se devuelve a los estados … La consecuencia de esto es la impotencia de la UE para hacer frente a muchos problemas de alcance comunitario (infraestructuras europeas, refugiados, seguridad …). Una impotencia que es denunciada, muchas veces con razón, no sólo por los ciudadanos sino a menudo también por los propios gobiernos de los estados. Pero que deberían hacerse mirar, antes de hacerlo, cuál es la parte de culpa que tienen ellos.
  3. Origen de los recursos. Una parte importante de los recursos provienen de transferencias de los 28 estados (una parte del IVA y una pequeña parte de la renta nacional ….). Representa en total entre un 75% y un 80% del presupuesto de la UE. Sólo una pequeña parte (menos del 20%) es fruto de derechos o tributos propios de la UE. Es evidente que es necesaria una reforma a fondo. La UE debería tener algunas actuaciones propias que afectasen el día a día de los ciudadanos, tales como un sistema de garantía de depósitos comunitario o un seguro de desempleo complementaria. Esto permitiría que los ciudadanos se sintieran protegidos por la UE .; actualmente los ciudadanos no tienen esta percepción ya que muchos de los beneficios de ser miembros les llegan de forma indirecta e inconsciente. Ahora bien, este escenario es imposible sin una fiscalidad y una capacidad recaudatoria de la UE (que podría estar delegada en los estados) que permitiera aumentar los ingresos de una manera notable. He propuesto repetidamente que el impuesto de Sociedades nacional se transforme en un impuesto uniformizado de carácter europeo. Tendría una segunda ventaja: haría imposible el dumping fiscal que hacen ahora algunos estados, y el fraude fiscal que hacen las grandes empresas con sus políticas de traslados. Esto explica muchas reticencias …
  4. Perspectivas demasiado largas. El actual sistema presupuestario tiene dos inconvenientes de tipo temporal. El primero es que el marco financiero condiciona mucho los presupuestos anuales, y un período de 7 años es demasiado largo para prever las posibles necesidades, lo que obliga a modificaciones y reformas de innecesaria y compleja tramitación. Y el segundo es que, habiendo elecciones al Parlamento con una nueva Comisión cada 5 años, tendría mucho más sentido que se sincronizaran las decisiones financieras. Habría que cada nuevo Parlamento y Comisión elaboraran «su marco financiero» durante el primer año de mandato, que fuera de 5 años, y que fuese hasta el fin del primer año de la nueva Comisión, evitando tener que trabajar con directivos elaboradas por otros, como ocurre ahora.

Joan Majó, ingeniero y ex ministro

Publicado el 15/11/2018 en el Diari Ara