No hay que repetir más hasta qué punto lo que estamos viviendo estos meses hará que las sociedades aceleren una revisión para modificar aspectos importantes de los hábitos, los modelos de consumo, los sistemas socioeconómicos y las regulaciones. Se están produciendo ya debates importantes en muchos ámbitos y generando enfrentamientos entre posiciones políticas. Quiero referirme ahora a uno de los más actuales: el derivado de la enorme capacidad que la digitalización y la IA han creado en la recogida y análisis de datos personales, las posibilidades de utilización y sus consecuencias.

          1. El qué, el cómo, el quién, y el para qué. Los avances tecnológicos aumentan mucho las capacidades personales y colectivas. Pero, además de suponer un gran progreso en muchos aspectos, también pueden convertirse en un peligro contra el que hay que protegerse, ya que se pueden utilizar para fines no deseadas. Estos días estamos viendo como la disposición de datos de una población puede ser un elemento clave para mejorar las actividades sanitarias en la prevención, protección o lucha contra una infección. Pero al mismo tiempo se están manifestando temores fundados de que puedan ser utilizadas para otros fines. En el caso concreto de los datos personales hay que tener en cuenta varios elementos: qué dato, identificada o anónima, consentida o no, como se obtiene y quien la obtiene, quién y cómo se almacena, quién puede tener acceso, y para qué se utiliza. Analizo algunos aspectos y me permito formular algunas opiniones.
          2. Privacidad y transparencia. Ya hace unos años escribí que estábamos construyendo «sociedades conectadas y transparentes». Es decir, que muchísimos de nuestros rasgos personales (como somos, qué hacemos, qué queremos, a dónde vamos …) quedaban adecuadamente almacenados en depósitos digitales controlados por entidades públicas, o grandes empresas, sobre todo operadores de telecomunicaciones y plataformas digitales , pero también muchas otras. Este proceso se ha acelerado hasta extremos increíbles, y pienso que es irreversible. Creo que la privacidad es un valor que hay que mantener, pero debemos entender que en una sociedad como la actual defender la privacidad significa sobre todo regular la inevitable transparencia a partir de algunos conceptos claros: anonimato, consentimiento, obtención, derecho de acceso verdad derecho de utilización. No apoyo las opiniones que defienden una plena libertad en el mundo digital para que se basan en un concepto de derechos y libertades sin límites que no existe en el mundo real, donde la libertad se ejerce en un marco establecido por la regulación. Poco a poco esta idea se va aceptando sobre todo en Europa, pero la lentitud de las actuaciones ha hecho que sea difícil mantener el ritmo necesario en la regulación. Y, por supuesto, en otras partes del mundo todavía están mucho más lejos, lo que disminuye la eficacia de nuestra regulación, ya que los bits no tienen fronteras. Apoyamos el trabajo de la UE.
          3. Actores, inconsciencia e hipocresía. En este juego hay tres tipos de jugadores: nosotros, los estados, y las empresas. ¿Cómo pienso que deben actuar cada uno de ellos?

        Los primeros: Cuando entregamos nuestros datos a una empresa, sea por que se nos piden o de forma involuntaria al utilizar la red, debemos ser conscientes de que para nosotros tienen un valor real pero que el receptor puede convertirlo en un valor comercial. Deberíamos tener muy claro a cambio de que lo hacemos y qué consentimiento damos para su utilización. Cuando las entregamos a un organismo público, lo que puede ser de gran utilidad para mejorar las políticas públicas, también debemos saber muy bien cómo y para qué se utilizarán, y exigir que haya un retorno de transparencia sobre la utilización , la limitación de sus ámbitos y el tiempo garantizado de destrucción.

      1. Los segundos: Que no dejen de recoger datos que les puedan dar un buen conocimiento de la situación de los ciudadanos y les permitan mejorar la situación sobre todo en cinco áreas: la sanitaria, las desigualdades socioeconómicas, las necesidades educativas, las oportunidades personales y la seguridad. Pero que se comprometan a una continuada información sobre objetivos y resultados, que organicen unos mecanismos de control parlamentario y ciudadano que sirva también para vigilar y garantizar la no utilización de los datos para un control de los ciudadanos en otros ámbitos que atenten contra su libertad o sus derechos, como sabemos que ya ocurre en muchos países.
      2. Y las empresas: Que acepten un mayor control de su gran capacidad de actuación al aprovechar la disponibilidad y la movilidad de los datos, y que no se añadan hipócritamente a la procesión de los que, con toda razón, denunciamos el peligro del «gran hermano político» chino, cuando ellas, con tanta o más dimensión, pero también sin posibilidad de control democrático, se están convirtiendo en los campeones de un llamado «capitalismo de vigilancia».

Joan Majó, Ingeniero y ex ministro
Miembro del Patronato de Acció Solidària Contra l’Atur