Después de 7 años de crisis, la economía de la Unión Europea sigue estancada. Para la recuperación se han seguido políticas muy diferentes. La línea clásica defendida por Angela Merkel: austeridad, consolidación fiscal, reformas y la línea neo-Keynesiana que propugna estímulos económicos y abundancia de dinero a un precio barato.

En la Unión Europea, se ha impuesto la línea de austeridad mientras que en Estados Unidos, Gran Bretaña, o Japón han propiciado los estímulos económicos. El resultado en estos países ha sido mejor, pero no quedará claro hasta que se vean los efectos de la decisión de la Reserva Federal estadounidense de dar por terminada la generosa inyección al mercado de dinero fácil y barato. No se puede ser demasiado optimistas.

Dado el fracaso de las políticas seguidas hasta ahora, se está imponiendo un nuevo debate centrado por un lado en la necesidad de corregir las crecientes desigualdades que, aparte e ser injustas, reducen la demanda agregada y por otra en poner fuertes límites al actual del sistema financiero. En pleno siglo XXI, en una sociedad moderna y democrática, nunca había pensado que un número tan reducido de ciudadanos tendrían tanto poder para aumentar su riqueza, y que el sistema financiero estaría tan alejado de la economía real.

A las voces de muchos expertos que piden cambios radicales, se han añadido personajes públicos destacados: Janet Yellen, jefe de la Reserva Federal estadounidense; el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney; Christine Lagarde, directora del FMI; el ex-primer ministro británico Gordon Brown o el papa Francisco.

En el debate surgen propuestas rompedoras. Martin Wolf, periodista liberal, jefe de economía de Financial Times, en su libro The shifts and the Schock, dice que se creía que las recesiones eran el resultado de choques externos, como por ejemplo una guerra o una crisis del petróleo, y ahora se ve que es el propio sistema el que genera las crisis. Nos dice también que la interacción entre liberalización y globalización ha desestabilizado el sistema financiero, el cual lleva automáticamente a las crisis, por lo tanto es urgente cambiar el sistema.

En una línea similar el economista Thomas Piketty, que ha escrito «El capital del siglo XXI«, que para luchar contra la desigualdad se elevará considerablemente la imposición a las rentas más altas y establecer a escala mundial un fuerte impuesto progresivo sobre el patrimonio.

Centrándonos en la Unión Europea, debemos recordar que aún es hoy el centro económico, científico, cultural y social más importante del mundo. Si se quiere mantener esta posición deberá impulsar cambios a fondo, como recuperar la cultura del esfuerzo, diseñar un proyecto col • lectivo que il • ilusione a los ciudadanos y avanzar en la unidad política.

En un mundo globalizado la Unión Europea no puede competir por precio ni con salarios bajos, debe hacerlo por conocimiento, innovación, y saber hacer. También con infraestructuras modernas, calidad democrática y un elevado grado de cohesión social. Todo requiere ingentes recursos.

El saneamiento de la economía, combinado con estímulos económicos deben continuar, pero falta un programa más ambicioso de inversiones que los 300.000 millones de euros en tres años anunciado por Jean Claude Juncker. Este saneamiento incluye que los Estados no tengan déficit permanente y que el nivel de deuda pública sea asumible. Dado que el PIB de los próximos años no se prevé que crezca mucho, la deuda pública de los países que exceda del 60% del PIB, debería reestructurarse. Por otra parte se debería introducir importantes regulaciones y limitaciones al sector financiero para que sea realmente un servicio a la economía real.

De dónde deben salir los recursos necesarios para hacer planes tan ambiciosos? En buena parte de una profunda reforma fiscal progresiva más justa. La presión fiscal se encuentra en el entorno del 40% del PIB, gradualmente debería situarse a niveles más elevados. La propia Unión Europea, para ser eficaz, debería aumentar el ridículo presupuesto del 1% del PIB anual del que dispone. También el BCE debe jugar un papel más activo en la dinamización de la economía; tiene margen para hacerlo.

La clave del progreso de la Unión Europea está en conseguir un sociedad formada por una potente clase media, dinámica, culta y abierta al mundo y una clase trabajadora, luchadora, con voluntad de ascender socialmente, que progrese y se sienta protegida por el estado, que además garantice la igualdad de oportunidades.

Por el progreso de los ciudadanos es fundamental la supremacía de la política sobre los intereses de los poderosos, por eso hay Estados democráticos fuertes, y una Unión Europea democrática reforzada y políticamente unida. Se esta Unión Europea con toda su potencia económica, científica, cultural y modelo social, la que una vez recuperado un cierto orden en casa debería impulsar la paulatina transformación del sistema económico mundial.

(Artículo publicado en La Vanguardia el 16/11/2014, podéis ver el original a aquí)

 

Francesc Raventós

Ex-degà del Col·legi d’Economistes de Catalunya