Una de las cosas más interesantes ya la vez más preocupantes de las sociedades actuales es el análisis de donde está el poder, es decir, de quien manda. En una concepción idílica de las modernas democracias, el poder está en manos del pueblo, que lo deposita en los representantes políticos que él elige. Paralelamente existe un poder real que nace de la propiedad de los activos económicos, de las empresas, y de los grandes grupos financieros. Por ello una parte importante de la vida política está en la lucha entre el poder político (que nace del pueblo) y el poder económico (que sale de la fortuna y del control de la economía). Mientras el poder político actúa de tal manera que la mayoría del pueblo considera que defiende sus intereses, y tiene la impresión de que impone estos intereses al poder económico, el sistema funciona aceptablemente.

Cuando esto no es así, como está ocurriendo en la actualidad, el sistema se tambalea. Buena parte de los ciudadanos piensa que sus políticos «no les representan» ni los defienden. Ven que la política está a menudo sujeta a los dictados de la economía (el sistema financiero, los «mercados», las grandes multinacionales …). La reacción, comprensible, comienza con la conocida desafección hacia los políticos: se habla de endogamia, se habla de incompetencia, y se habla de impotencia (y muchas de estas cosas son ciertas). Se sigue después con la organización de movimientos, asambleas, o plataformas para protestar, oponerse, presionar, o influir en las decisiones de los poderes reales.

politica-novembre2014Esta dinámica, que hemos vivido últimamente muy cerca, ha tenido algunas actuaciones muy exitosas en movilización, y muy eficaces en resultados. Está abriendo unas vías que pueden mejorar la democracia y hay que apoyarlo. Pero, si la actuación se hace queriendo pasar por encima, o al margen, de las instituciones democráticas, representa un gran peligro a medio plazo. Creo que lo que más debe de estar deseando el poder financiero, es que estos movimientos populares sirvan para debilitar las estructuras democráticas del Estado, y los ayuden involuntariamente a debilitar su principal adversario, el que tiene poder para poner freno a sus actuaciones. Cuenta que no resulte que, sin quererlo, estamos contribuyendo a debilitar la política, que es la única que puede representar los intereses de los ciudadanos ante los intereses del dinero.

El Estado, y entiendo por Estado el conjunto de instituciones de nuestro sistema democrático está, desde hace 30 años, perdiendo una lucha contra el mundo del dinero. La globalización del poder económico (la apertura de los mercados) y la no globalización del poder político (el mantenimiento de los estados-nación) ha deshecho el equilibrio anterior y ha disminuido de forma radical la posibilidad de enfrentarse por separado a los grupos económicos globales. Europa ha intentado responder con la UE, pero los avances han sido demasiado lentos. Por eso no es de extrañar la sensación de impotencia que vemos ante actuaciones de los gobiernos «nacionales» que nos prometen imprudentemente cosas que no podrán hacer, a no ser que se hagan a nivel europeo.

El pueblo está revelando ante el funcionamiento de la política. Es una actitud comprensible, que habría que mantener y canalizar en una triple dirección:

  1. No podemos destruir la política, tenemos que cambiarla. Los parlamentos, los gobiernos, así como los partidos, seguirán siendo imprescindibles para hacer funcionar la democracia. Habrá siempre una cierta intermediación entre los ciudadanos y el gobierno, aunque las nuevas posibilidades tecnológicas pueden facilitar nuevas formas de participación, y nuevos sistemas de transparencia y de control.
  2. No podemos prescindir de los sistemas electorales, ya que la única forma de conocer la voluntad de los ciudadanos es el voto. Seguramente esto quiere decir que, con el mismo nombre o con otro, no podemos prescindir de los partidos. Hay que cambiarlos, no eliminarlos.
  3. Es un gran error convertir la actual desafección política en una actitud anti-europea (partidos xenófobos). No hay que tirar atrás la construcción europea, si no acelerarla y reorientarla. Hay que aceptar que los estados nacionales ya no sirven en un mundo globalizado, y hay que construir un estado europeo, que tenga fuerza a nivel mundial, que acepte la gran diversidad de pueblos que conviven, que permita la solidaridad interterritorial, y que funcione con instituciones democráticas y no tecnocráticas.

 

Joan Majó, ingeniero y ex ministro