Seguro que, si preguntamos a la gente de nuestro entorno que es el TTIP, nos dirán mucho mayoritariamente que no han oído hablar nunca. Pero es algo que hay que conocer, ya que puede influir mucho en nuestras vidas y en las de nuestros hijos. Ttipia es el acrónimo de “Trasatlantic Trade and Investement Partnership”, traducido «Asociación Transatlántica de Comercio y de Inversión». Y dicho de manera más comprensible, es un importante acuerdo comercial que se está negociando hace un Parrella de años para crear un mercado único conjunto entre la UE y los EE.UU., un mercado que incluiría más del 20% de la población mundial, y representaría más del 45% del PIB del planeta, y más del 35% de los intercambios comerciales internacionales. Casi nada!

El origen de esta idea, tiene una intención económica y una política. La primera, inmediata, es dar un empuje a las economías estadounidense y europea, ya que ambas se verían muy beneficiadas por la extensión del mercado; han calculado que el PIB del conjunto de la UE, aumentaría un 0,5% sólo por el hecho de la desaparición de las barreras comerciales, y que la unificación del mercado haría crecer mucho las inversiones en la UE, tanto de origen americano como de otras áreas, atraídas por la ampliación del nuevo mercado. La segunda, más a largo plazo, es prepararse para un nuevo reparto de los equilibrios económicos y políticos mundiales, consecuencia del empuje de zonas emergentes, como China e India a Assia, Brasil y México en América, o Rusia a Euràssia.

Cabe decir que, desde un punto de vista estratégico, la iniciativa tiene sentido, y tiene aspectos muy positivos; por ello ha suscitado numerosas adhesiones. Pero hay que examinarla con mucho detalle, para ver cuáles podrían ser todas las consecuencias, sobre todo en el caso europeo. Me quiero referir a la más importante, derivada de la necesaria armonización legal.

Es evidente, y en Europa lo hemos comprobado las últimas décadas, que el buen funcionamiento de un mercado único pide mucho más que una eliminación de aranceles, o de barreras. Para que funcione bien la competencia entre las empresas, es necesario armonizar las legislaciones de todos los países integrantes del mercado, en áreas como la laboral, la fiscal, la regulación del comercio, la del sistema financiero, la protección del medio ambiente, etc. Sin esta armonización, las empresas de algunos países pueden hacer una competencia desleal aprovechando las diferencias de tipo local. Por tanto debemos pensar las necesarias adaptaciones a realizar en la legislación estadounidense, la legislación europea, y la de cada uno de los países de la UE.

Hay un peligro evidente. La legislación europea es mucho más avanzada y más social que la de los EE.UU. en temas de derechos de los trabajadores, protección de los consumidores, protección del medio ambiente, redistribución de las rentas … (todo lo que conocemos como el «modelo social europeo»). Aunque la armonización quisiera decir acercarse por una y otra parte, seguro que nosotros deberíamos hacer importantes pasos atrás en todo estos aspectos. No quiero decir que tengamos que adoptar una posición absolutamente rígida y no querer modificar nada, pero sí creo que habría que analizar punto por punto, tanto las ventajas económicas como los inconvenientes sociales de todo este proceso, no sea que perdiéramos el resultado de tantos años de progreso social europeo, del que tanto orgullosos hemos estado.

Es muy seguro que, independientemente del posible TTIP, para garantizar la competitividad de las economías europeas en un mundo globalizado, nos será necesario hacer muchos retoques y mejoras de eficiencia, tanto en las empresas como en nuestro modelo social. Pero no siempre estas reformas deben tener una orientación que nos acerque al modelo americano, ya que las bases naturales de la competitividad, y las opciones culturales de una y de otra parte del Atlántico son diferentes.

La negociación del TTIP nos obligará quizás a acelerar este ejercicio de revisión, pero hay que hacerlo con una visión más amplia que la simple empujón a la salida de la crisis, y no sólo escuchando las presiones, lógicas, que nos vendrán del lado americano . En todo caso esto no se puede hacer sin ser conscientes de que hay un precio a pagar, ni se puede hacer en unos despachos de Bruselas o de Washington, sin que los ciudadanos lo conozcan y lo acepten. Es un tema en el que el Parlamento Europeo, y sus diputados, tienen la ocasión de demostrar su utilidad y su proximidad a los intereses de los ciudadanos. Esperamos hacerlo.

Joan Majó, ingeniero y ex ministro