Las perspectivas de falta de trabajo son el tema de una gran cantidad de artículos, de debates, de informes, o de libros. No es de extrañar; es algo de gran importancia y que genera una preocupación justificada, ya que son perspectivas muy inciertas. No me sumo a la lista. Me gustaría hacer unas consideraciones de tipo más general, y a medio plazo, que quizás ayuden a un mejor enfoque del debate. Creo que sería esclarecedor hacer una distinción entre lo que podemos llamar “actividad” de la persona humana, y lo que hoy en día entendemos por “trabajo”, o aún más concretamente por “trabajo productivo retribuido“. Entre éste y el “ocio” y muchas gradaciones.

La confusión nace del modelo de funcionamiento de nuestra sociedad, basado en dos características que yo identifico como: “sociedad industrial” y “sociedad de mercado“. En ella, el bienestar de las personas depende en gran parte de la capacidad de consumir algunos “productos”, de poder disponer de algunos “aparatos”, o de utilizar algunos “servicios”. Las tres cosas se pueden “comprar” en el mercado, con el dinero que se gana por su participación en la “producción” de los dos primeros o en la “prestación” de los últimos. Este mecanismo que se ha ido construyendo durante más de 25 siglos, y que se ha consolidado durante los tres últimos, se revisará como consecuencia de dos grandes fenómenos recientes: la globalización, y el progreso tecnológico.

La globalización ha hecho que hayan alcanzado cierto nivel de bienestar más de dos mil millones de personas, que estaban excluidas; y esto ha sacudido un equilibrio que había funcionado bastante bien durante el siglo pasado, cuando éramos sólo unos 800 millones (europeos, americanos del norte, y pocos otros).

El creciente progreso tecnológico ha supuesto que, a la hora de producir, la necesidad de trabajo humano de tipo mecánico, la pueden cubrir cada vez más las herramientas, las máquinas, los motores, o los robots. Y la del trabajo intelectual, la pueden aportar los ordenadores y todos los elementos (materiales o inmateriales) que permiten la gestión, almacenamiento, transmisión, y utilización de la información y los conocimientos.

La confluencia de estas dos tendencias, plantean cuatro retos:

  1. Se difuminando las fronteras entre sociedades desarrolladas (ricas) y subdesarrolladas (pobres), y poco a poco el planeta se va convirtiendo en una casa común. Todavía estamos lejos; pero sin duda es una muy buena noticia para millones de personas. Ahora bien, exige una adaptación importante por parte de las sociedades ricas.
  2. Los aumentos de productividad son grandes, y las necesidades de trabajo humano, tanto de tipo mecánico como intelectual “programable”, pueden ir disminuyendo, aunque aumentando el consumo global y el bienestar. Es también una gran noticia, ya que libera a la persona humana de tareas que se pueden hacer de otro modo, y aumenta la disponibilidad para actividades que busquen cubrir objetivos personales, o colectivos.
  3. El actual ecuación “rentas del trabajo + transferencias – impuestos” = “renta disponible + servicios públicos” queda desequilibrada. Habrá seguramente que aumentar la parte de transferencias no ligadas al trabajo ( “renta garantizada”?) Y también la parte de actividades personales no retribuidas en beneficio de la colectividad ( “servicios sociales”, “trabajo colaborativo”?).
  4. Seguramente una parte de la economía no pasará por el mercado ni por el dinero, si no por la colaboración y la cooperación. También supondrá que el aumento de los niveles de bienestar personal y social, no irán tanto relacionados, como hasta ahora, el crecimiento del PIB. Otra buena noticia.

Si saben entender todo esto, habremos aprovechado en nuestro beneficio las tres buenas noticias que he expuesto. En caso contrario, la globalización y la tecnología nos pueden crear problemas.

Joan Majó, ingeniero y ex ministro