Hace unos días se ha celebrado en Roma, con una cumbre de jefes de Estado, los 60 años del Tratado que dio nacimiento a la actual UE. Supongo que escucharemos discursos, que creo justificados, llenos de satisfacción por el camino recorrido; pero también llenos de preocupaciones por la situación actual, y de inquietudes sobre las perspectivas de futuro. La participación en algunos debates recientes, presenciales y on-line, me han obligado a tomar una posición positivamente crítica y propositiva, y me han afianzado en una serie de convicciones que resumo aquí. El Brexit y la crisis del refugiados, nos han puesto delante de tres trampas en los que no debemos caer: mantener la confusión a largo plazo, especular con el posible retroceso, o retrasar la democratización.

  1. El Brexit como síntoma. Por mucha gesticulación que vemos, no está claro si el Reino Unido dejará finalmente de pertenecer a la UE. Creo que si lo hace creará bastantes problemas, pero serán mucho peores para los británicos que para el resto. La UE debe negociar con inteligencia el Brexit, comprendiendo la situación, pero estableciendo claramente los límites. Pero mucho más importante que eso, es entender que, tanto el Brexit como la crisis de los refugiados, son síntomas de una enfermedad más profunda que pide una urgente y valiente reorientación de nuestro proceso de construcción. Durante los últimos 15 años se ha perdido la buena dirección, provocada, entre otras cosas, por la interrumpida construcción de la unión monetaria, la precipitada y poco pensada ampliación a 28 miembros, el alejamiento respecto de los ciudadanos por la falta de democracia en las instituciones políticas comunitarias, y la confusión de unión con uniformización. Hay que rectificar algunas orientaciones.
  2. Las dos velocidades. La desorientación y confusión actuales vienen en buena parte, y se han ido tapando, con la fórmula de la “EU a dos velocidades” que viene a decir que somos 28 miembros que queremos llegar al mismo sitio pero no todos a la misma velocidad. Esto, que nunca ha sido cierto, ha permitido excepciones, lentitudes, incumplimientos, referéndums, y marchas atrás. Ha supuesto fragilidad interna, y una evidente pérdida de peso de cara a fuera. Hay que abandonar las dos velocidades y reconocer la necesidad de una “UE con dos objetivos: un centro y una periferia” pero con unos valores intocables, unos derechos universales, y unas reglas claras para uno y para el otro. El centro debe ser una “Unión Política multinacional”, con menos cohesión que un Estado clásico y más respetuosa con su pluralidad interna (federal); ya su alrededor una “Unión Comercial reforzada”, mucho más cohesionada que un simple acuerdo de libre comercio. El actual Eurozona es el embrión de la primera, y todos los que no acepten el compromiso político que supone, podrán disfrutar de todas las ventajas y obligaciones de la segunda. Estamos diseñando un ente político nuevo, y por lo tanto es lógico que haya dudas y revisiones.
  3.  Más o menos Europa? Hay que cambiar el simple lema de “Más Europa”. No por sustituirlo por “Menos”, que sería un gran error, si no por algo más largo: “Hay más Europa en muchas áreas, pero también menos Europa en otros”. Los futuros retos de la seguridad, de la estabilidad monetaria, de la defensa, de las migraciones, del cambio climático, y tantos otros, piden un poder político que ninguno de los Estados europeos tiene ni tendrá, en comparación con los grandes poderes actuales y futuros (estados mucho más grandes y grandes poderes financieros). Hay por lo tanto la Unión política, pero diseñada de manera que respete, y que utilice en provecho de todos, la rica variedad de nuestras sociedades. La Unión no tiene porque entrar a regular y uniformizar la naturaleza de sus miembros, excepto cuando ello afecte el comportamiento macroeconómico y las relaciones geopolíticas. Con este criterio se podría reducir el sentimiento de intromisión que actualmente existe y que es rechazado.
  4. Democracia y proximidad. Este sentimiento muy bien se perdería si se corrigiera la ridícula dimensión democrática de las Instituciones Europeas, que provoca una barrera psicológica de alejamiento entre ciudadanos y la UE. El sistema de elección y las migradas competencias del Parlamento Europeo, la no existencia de un órgano similar de control del Eurogrupo (que tiene mucho poder no regulado), el sistema de nombramiento de los miembros de la Comisión y de su Presidente, y la falta de transparencia de muchas reuniones, abocan a esta situación de rechazo. En un sentido complementario, se deben crear mecanismos e instituciones que demuestren a los ciudadanos que las actuaciones de la Unión son provechosas para su vida diaria, tal como ha ocurrido recientemente con el Tribunal de Justicia. Un fondo europeo de garantía de depósitos bancarios; el establecimiento de algunos impuestos de carácter europeo (Imp. de Sociedades?), un incremento del presupuesto de la UE para inversiones equilibradoras y para ayudas, la emisión de Eurobonos por parte del BCE, un subsidio parcial de paro europeo, o un fondo complementario de pensiones, son ideas en esta dirección.

Esperemos que la crisis del Brexit nos sirva para aclarar y avanzar, pero con más valentía y prontitud que otras veces.

Joan Majó, ingeniero y exministro