Hace unas semanas hice una conferencia en Madrid, en la Escuela de formación de uno de los principales sindicatos españoles. Los hacía unas reflexiones que resumo y reproduzco.

El resultado del funcionamiento de las economías europeas tras la guerra se puede simplificar separándolo en tres etapas: “los 30 gloriosos”, “la ola neoliberal”, y “la gran crisis”. Cada una de ellas tiene unas características propias: crecimiento económico con reducción de las desigualdades (1950-85), crecimiento económico con aumento de las desigualdades (1985-2008), y estancamiento económico con mayor crecimiento de las desigualdades (2008- .. .).

El resultado ha sido unas sociedades mucho más productivas y ricas, con grandes aumentos del PIB per cápita, pero con un gran incremento de la desigualdad. En la primera etapa se creó una gran clase media, pero a partir de los 90 se “polarizar” la renta y la riqueza, inflando los extremos superior e inferior. Ahora estamos sufriendo esto en forma de crisis, de precariedad, de indignación, y de falta de perspectivas.

Partiendo del principio que nos interesa conservar un mercado libre (no en la planificación estatal), y la iniciativa privada (no a la propiedad pública de los medios de producción), hay que ver qué es lo que ha producido estos resultados, malos tanto por razones sociales como económicas. Recordemos las dos fases de la formación de las rentas: la predistribución y la redistribución. La primera determina cómo se reparten, entre el capital y el trabajo, las rentas generadas en la economía (beneficios y salarios); y la segunda intenta reducir el desequilibrio a través de la fiscalidad (impuestos) y de la financiación pública de los servicios básicos.

Claro que nos están fallando ambas. Las últimas reformas fiscales han ido todas en un sentido regresivo (doble escala trabajo / capital, aumentos de IVA, supresión de patrimonio y sucesiones, fraudes y amnistías fiscales, y recortes en servicios públicos), y no sólo no han corregido, si no que a veces han empeorado la distribución.

Pero aún es más grave lo que ha pasado en la primera fase, como consecuencia de la desregulación de los mercados, tanto del mercado de productos como del mercado laboral. Me fijo sobre todo en esta última, ya que el aumento de poder de monopolios u oligopolios, la pérdida de peso de la negociación colectiva, y bastantes errores en las actuaciones sindicales, han desequilibrado el poder relativo de capital y trabajo a la hora de establecer salarios y condiciones de trabajo.

Hay que ver la necesidad de nuevas reformas fiscales progresivas, y nuevas regulaciones de los mercados que permitan defender los intereses de las personas, tanto en su dimensión de consumidores como de trabajadores. También hay que revisar y actualizar la actividad de los sindicatos, para que puedan volver a tener un papel más positivo en la predistribución.

La existencia de un “mercado libre” es buena si permite que funcione la competencia, y el “mercado laboral” es bueno si permite que haya una negociación entre iguales. El Estado debe regular adecuadamente uno y otro para asegurar que esto sea así.

Joan Majó, ingeniero y ex ministro