Cómo nos recordaron hace unos días un grupo de economistas europeos, encabezados por Tomas Pikkety, se están haciendo en Bruselas una serie de negociaciones de cara a una importante renovación de Consejeros del BCE (4 de los 6, incluyendo el Presidente Draghi). Ya sé que puede parecer que es algo que nos queda un chico lejos. Es muy cierto; pero también es muy cierto que el que pase allá puede repercutir mucho en nuestras vidas, tanto si somos trabajadores, como empresarios, como pensionistas. Todos los que estamos afectados por la evolución de la economía, es decir todo el mundo, tenemos que ser conscientes de las consecuencias de los cambios de los próximos meses. Esto es así porque, de una forma o de otra, desde el 2010, el BCE ha ido cogiendo una serie de funciones muy superiores a las que inicialmente se previeron en su creación.

Esto ha sido bueno en muchos casos. Quizás no se ha explicado bastante hasta qué punto las consecuencias de la crisis y las perspectivas futuras podían haber sido muy peores si Mario Dragui, con el espaldarazo de sólo una parte de su Consejo, no hubiera tomado una serie de medidas de liquidez y de tipo de interés, yendo más allá de sus obligaciones. Actuaciones, por cierto, que fueron criticadas por algunos países. Actualmente el BCE se ha convertido en una parte fundamental del sistema de gobierno de la Eurozona.

Somos bastantes los que, siendo plenamente partidarios de la construcción europea, hemos pensado y dedo desde hace tiempo, que la UE sufre un déficit democrático importando en la participación de los ciudadanos en la forma de proveer sus órganos ejecutivos, así como en la ausencia de canales de rendición de cuentas. Esto provoca sentimientos de alejamiento y alimenta el euro escepticismo.

Es por esta razón que, en esta ocasión de renovación al BCE se hace necesario algún movimiento hacia un sistema más formal y transparente de nominación de sus miembros, en paralelo con el establecimiento de unos mecanismos, no de dependencia pero sí de rendición de cuentas, respecto a órganos elegidos democráticamente.

Seguramente no es el lugar ni el momento para hacer propuestas concretas, pero si que se pueden detectar algunos de los síntomas de estas carencias. Cito sólo cuatro: El sistema de elección con listas exclusivamente estatales de los diputados del Parlamento Europeo, que condiciona su actuación y los inclina hacia actuaciones con visión nacional y no europea. Las migradas competencias de este Parlamento y la carencia de iniciativa legislativa. La no existencia de un órgano similar de control del Euro grupo que es donde se toman las decisiones más importantes por los países del Euro. Y el sistema de nombramiento de los miembros de la Comisión y de su Presidente.

El que he comentado del BCE es una reproducción a otro nivel del mismo fenómeno. Esperamos que se vaya corrigiendo.

Joan Majó, ingeniero y ex-ministro.